I. LA DOMINACION MASCULINA. Pierre Bourdieu. (1)
La violencia simbólica: una contención del cuerpo.
El dominio masculino está suficientemente bien asegurado como para no requerir justificación. […] La visión dominante de la división sexual se expresa en discursos como los refranes, proverbios, enigmas, cantos, poemas o en representaciones gráficas como las decoraciones murales, los adornos de la cerámica o de los tejidos. Pero se expresa también en objetos técnicos o en prácticas: por ejemplo, en la estructuración del espacio, en particular en las divisiones interiores de la casa o en la oposición entre la casa y el campo, o bien en la organización del tiempo, de la jornada o del año agrícola y, de modo más amplio, en todas las prácticas, casi siempre a la vez técnicas y rituales…
Si esta división parece "natural", como se dice a veces para hablar de lo que es normal, al punto de volverse inevitable, se debe a que se presenta, en el estado objetivado, en el mundo social y también en el estado incorporado, en los habitus, como un sistema de categorías de percepción, pensamiento y acción. Se aprehende al mundo social y a sus divisiones arbitrarias como naturales, evidentes, ineluctables, comenzando por la división socialmente construida entre los sexos. […]
Debido a que se encuentra inscrito y en las divisiones del mundo social, o más concretamente en las relaciones sociales de dominio y explotación que se han instituido entre los sexos, y en las mentes, bajo la forma de los principios de división que conducen a clasificar todas las cosas del mundo y todas las prácticas según distinciones reducibles a la oposición entre lo masculino y lo femenino, el sistema mítico-ritual es continuamente confirmado y legitimado mediante las prácticas mismas que determina y legitima al estar clasificadas por la taxonomía oficial del lado de lo interior, lo húmedo, lo bajo, lo curvo, lo continuo, las mujeres ven cómo se les atribuyen todas las tareas domésticas, es decir, privadas y ocultas, o dicho de otro modo, invisibles o vergonzosas, como el cuidado de los niños y los animales, y una buena parte de los trabajos exteriores, sobre todo los que tienen que ver con el agua, la hierba, lo verde, la leche, la madera, y en especial las tareas más sucias (como el transporte del estiércol), las más monótonas, las más penosas y las más humildes. En cuanto a los hombres, al estar situados del lado del exterior, de lo oficial, lo público, la ley, lo seco, lo alto, lo discontinuo, se arrogan todos los actos breves, peligrosos y espectaculares que, como el degüello de una res, la labranza o la cosecha, por no hablar del asesinato o la guerra, marcan rupturas en el curso ordinario de la vida y emplean instrumentos forjados.
La somatización progresiva de las relaciones fundamentales que forman parte del orden social desemboca en la institución de dos "naturalezas" diferentes, es decir, dos sistemas de diferencias sociales naturalizadas que se inscriben a la vez en los hexis corporales, bajo la forma de dos clases opuestas y complementarias de posturas, porte, presencia y gestos, y en las mentes que los perciben, conforme a una serie de oposiciones dualistas milagrosamente ajustadas a las distinciones que ellas han contribuido a producir, como la que se hace entre lo derecho y lo enderezado, lo curvo y lo encorvado, y que permitiría volver a engendrar todas las diferencias registradas en el uso del cuerpo o en las disposiciones éticas.
Todo poder admite una dimensión simbólica: debe obtener de los dominados una forma de adhesión que no descansa en la decisión deliberada de una conciencia ilustrada sino en la sumisión inmediata y prerreflexiva de los cuerpos socializados
La somatización de las relaciones de dominio.
Hablar de habitus equivale a recordar un modo de fijación y evocación del pasado que la vieja alternativa bergsoniana de la memoria-imagen y de la memoria-hábito (la una "espiritual" y la otra "mecánica") impide pensar. El boxeador que esquiva un golpe, el pianista o el orador que improvisa o, simplemente, el hombre o la mujer que camina, se sienta, que sostiene un cuchillo (en la mano derecha...), que se quita el sombrero o inclina la cabeza para saludar
Y sin embargo la fuerza que ejerce el mundo social sobre cada sujeto consiste en imprimir en su cuerpo (la metáfora del carácter vuelve a adquirir aquí su sentido completo) un verdadero programa de percepción, apreciación y acción que, en su dimensión sexuada y sexuante, como en el resto, funciona como una naturaleza (cultivada, segunda), es decir, con la violencia imperiosa y (aparentemente) ciega de la pulsión o el fantasma (construidos socialmente).
En el caso de los que están designados a ocupar las posiciones dominantes, también es indispensable, la mediación de los habitus que disponen al heredero a aceptar su herencia (de hombre, hijo mayor o noble), es decir, su destino social, y, contrariamente a la ilusión del sentido común, las disposiciones que llevan a reivindicar o a ejercer tal o cual forma de dominio, como la libido dominandi masculina en una sociedad falocéntrica, no son algo que se da por sentado sino que deben ser construidas mediante un arduo trabajo de socialización, tan indispensable como el que dispone a la sumisión. Decir "nobleza obliga" equivale a afirmar que la nobleza, inscrita en el cuerpo del noble bajo la forma de un conjunto de disposicines de apariencia natural (una forma de sostener la cabeza, el porte, la manera de caminar, el ethos aristocrático), gobierna al noble, al margen de cualquier constreñimiento externo. Esta fuerza superior, que puede hacerle aceptar como inevitables o ineludibles, es decir, sin deliberación ni examen, actos que parecerían a otros imposibles o impensables, es la trascendencia de lo social que se hace cuerpo y que funciona como un amor fati, inclinación corporal por realizar una identidad constituida en esencia social y de este modo transformada en destino. La nobleza, en el sentido de conjunto de disposiciones consideradas como nobles en un universo social determinado (pundonor, coraje físico y moral, generosidad, magnanimidad, etc.), es el resultado de un trabajo social de nominación e inculcación al término del cual una identidad social instituida por una de esas rupturas mágicas, conocidas y reconocidas por todos, que opera el mundo social, se inscribe en una naturaleza biológica y se vuelve un habitus.
(1) Texto ubicado en: http://identidades.org/archivos.htm. Selección realizada por Asignatura de Filosofía. LEMS.
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